Entre el dolo y la omisión

En los últimos meses, una serie de hechos han generado una profunda desconfianza, desasosiego, incertidumbre e incluso desesperación en muchos peruanos. Somos testigos, lamentablemente, de un rosario tenebroso de muertes, mentiras, corrupción, engaños, ineficiencia, debacle económica, entre otros males, que nos han llevado a una situación de desastre y desesperanza. La triste particularidad de nuestra situación tal vez radique en que a los estragos que causa la pandemia a nivel sanitario y económico, se vienen añadiendo otros que son, simplemente, fruto de la corrupción, la ceguera ideológica y la inoperancia de quienes tienen en sus manos el manejo del país. Se podría afirmar que es la peste la que ha actuado como caldo de cultivo para que estas bacterias socioculturales proliferen y se evidencien ya no como una enfermedad silenciosa sino como un cáncer que nos ha dejado en un estado casi terminal.

Se han dado diversos análisis e interpretaciones de lo que viene ocurriendo. Cada uno podrá, además, en su sano juicio y con la información con la que cuenta, sacar sus propias conclusiones. Pero en esta reflexión queremos centrarnos en un fenómeno que llama la atención y que nos debe dar luces para hacer el mejor uso de nuestro voto electoral en pocas semanas.

Y para hacer este análisis, partimos haciendo una pregunta: ¿cómo nos hemos enterado la mayoría de nosotros de los sucesos antes mencionados? Hay consenso en reconocer que ha sido a través de informaciones difundidas por los medios de comunicación. Y, ciertamente, esa es parte de la labor de los agentes de comunicación.

Pero, por otro lado, también es bueno observar qué es lo que ha hecho el gobierno de turno —hemos tenido dos durante el último año— en relación con las graves situaciones que aquejan al país. A nivel comunicacional, no se puede decir que hayan estado ausentes. Por momentos hemos tenido conferencias de prensa casi a diario. Y la situación ciertamente lo ameritaba. Pero ¿cuál es la sustancia de lo comunicado? Hoy tenemos dos evidencias claras al respecto: que se han difundido datos inexactos y hasta falsos, y que se obvia de manera dolosa información que nos corresponde saber a todos los peruanos. Pecado de acción y de omisión. El caso #Vacunagate reúne todos estos componentes como un ejemplo tipo.

Asistimos así a un escenario en el que no podemos confiar en lo que dicen las fuentes oficiales, y cuando volteamos a la prensa —el llamado cuarto poder— encontramos una desconcertante discordancia y polarización entre las fuentes periodísticas disponibles. Una línea de prensa benévola y hasta cómplice con el gobierno y otra que más bien viene, destape tras destape, mostrando la ineficiencia y corrupción estatal que nos está, literalmente, matando.

Pero la pregunta más difícil es: ¿por qué nuestros gobernantes no nos informan adecuadamente de lo que sucede? ¿Por qué no actúan en consonancia con lo que la realidad exige? Dos posibles respuestas. La primera es que aquellos que nos gobiernan manejan información equivocada, inexacta, incompleta, y comunican de buena fe los datos que reciben y actúan en consonancia con ello. La segunda es que sí tienen la información completa y por decisión política deciden darnos solo una parte de esta —inclusive editada y manipulada— o simplemente no la proporcionan motivados por otros intereses alejados del bien de todos los peruanos. Un sector de la prensa baila al ritmo de esos acordes; el otro, más bien, ha optado por hacer oposición mediática y ofrecer a la ciudadanía la posibilidad de confrontar hechos con dichos.

A estas alturas, si nuestros gobernantes y la prensa que les hace eco creen en su narrativa de las cosas y la comparten de “buena fe”, tenemos a una partida de ineptos pilotando la nave en una de las peores tempestades que se hayan vivido. Si, en cambio, tienen la información y han optado por obviarla o actuar de espaldas a ella, estamos ante una serie de personas de mala entraña que quieren hacerles daño a los peruanos. En ambos casos, tenemos a gente liderando que no da la talla ya sea por falta de capacidad o por falta de ética.

La experiencia de estos últimos meses nos ha mostrado con dolorosa precisión lo que no se debe esperar de un gobernante. Pero aún queda una luz al final del túnel y son las elecciones del próximo 11 de abril donde tenemos una oportunidad casi inmediata de cambiar el rumbo. ¿A quién vamos a elegir? El sentido común clama por excluir de arranque a los ineptos y a los mentirosos. Hoy más que nunca el Perú necesita un voto consciente e informado para poder hablar de una reconstrucción y restablecer la esperanza que escasea como el oxígeno.

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