Ni las ratas

por Giuliana Caccia

El ser humano tiene inscrito en su naturaleza como ser social el querer ayudar al otro, sobre todo en los momentos difíciles. Esta condición natural, que en niveles primarios se observa en diversas especies animales, se puede comprobar de muchas maneras cuando vemos las distintas interacciones personales que se dan en el complejo entramado social. De estas ganas de ayudar brotan, por ejemplo y en un lugar privilegiado, las relaciones que se dan al interior de la familia, núcleo básico de la sociedad. Una abuela ayudando a su hija a cuidar a su nieto. Los hijos cuidando al padre enfermo. Situaciones para ejemplificar, sobran. De este ímpetu de ayudar al otro también resulta la libre asociación que se puede percibir en distintas agrupaciones, como puede ser un club o una banda de rock. Y de una forma más compleja, también está la sociedad política de un país y sus distintos actores cuya misión principal debería ser servir al otro.

Pero si algo tienen en común toda la variedad de asociaciones entre las personas es la relación íntima que se establece entre el bien particular de cada uno de los individuos y el bien común que busca el grupo que se genera. Por ejemplo, una agrupación de señoras que deciden constituirse para ofrecer alguna ayuda social se pone como objetivo determinadas obras de caridad. Estas obras pasan a ser su bien común y están por encima de los intereses particulares de cada integrante. Es algo muy sencillo de comprender. Por eso, la subversión de este orden de prioridades es catastrófica para cualquier asociación humana. Si una señora del mencionado grupo decide, por la razón que sea, anteponer algún interés particular al bien del grupo (y de los beneficiados) todo se echa a perder.

Lo que está sucediendo en el Perú en los últimos días, a raíz de los escándalos destapados en el llamado caso #VacunaGate, seguramente tiene muchas explicaciones a diversos niveles. Pero si llevamos las cosas a una dimensión esencial, lo que estamos presenciando es tal vez una de las peores formas de subversión que se pueden dar en esa armónica relación que debe existir entre el bien individual y el bien común. ¿Por qué? Porque los que han “cedido a sus miedos” y han antepuesto su bien personal, su seguridad, su salud, su beneficio particular, al de todos los peruanos son precisamente quienes deben velar en primer lugar por el bien de todos: los gobernantes. Cuando los que asesinan el bien común con el cuchillo del egoísmo más abyecto son quienes han sido elegidos por el pueblo precisamente para custodiarlo, asistimos a una de las manifestaciones más dramáticas de corrupción y destrucción del orden natural. Muchas especies animales son incapaces de algo así. Ni las ratas.

Giuliana Caccia (Lima 1975), Comunicadora social por la Universidad de Lima y Master en Matrimonio y Familia por la Universidad de Navarra, es Directora de la Asociación Origen – Vanguardia y cambio cultural.

Foto tomada de: https://www.pcrm.org/news/good-science-digest/cannabis-research-rats-we-wish-we-were-kidding

2 Comments

  1. El «bien común» no existe, es un invento colectivista (nadie está en capacidad de saber qué es lo mejor para todos) y perfecta excusa, que aprovechan los políticos de izquierda y de derecha para a través del omnipotente, omnisciente e infalible Estado, hacer lo que les plazca en el poder. Los grandes crímenes contra la humanidad se hicieron en nombre del «bien común», Hitler, Stalin o Mao, culpables de los genocidios más terribles, nada hubieran podido hacer actuando individualmente sino habrían estado secundados por grandes masas convencidas que lo que hacían era por el «bien común».
    En el asunto de las vacunas, a los delitos cometidos por estos miserables, no cabe anteponerles la falsa idea del «bien común» como si de un valor se tratara. Es un error.

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