Transformación silenciosa

El virus COVID-19 nos ha puesto en jaque. Las últimas semanas hemos sido testigos de hechos que nunca imaginamos: flotas enteras de aviones en tierra, miles de millones de personas confinadas en sus hogares, la economía mundial en suspenso, los sistemas de salud colapsados, gente que no puede velar ni enterrar a sus familiares, y un largo etcétera. Por otro lado, se ha evidenciado la precaria situación en la que viven millones de personas que hoy, por la crisis sanitaria, han ocupado las primeras planas y han entrado en nuestro campo de consciencia. En medio de esta crisis de incierto panorama, muchas personas e instituciones han manifestado la necesidad que tenemos como sociedad de cambiar. Se debe rescatar la voz de muchos que abogan por una transformación que, además de generar mejoras sustantivas en lo económico, lo social o en los sistemas de salud pública, nos permita salir de esta crisis fortalecidos como humanidad. Es decir, que evaluemos como personas qué tenemos que cambiar, personal y comunitariamente, para ser mejores. Este horizonte nos lleva necesariamente a pensar qué valores están en el sustrato de nuestra vida personal y social. Y en relación con ellos, discernir qué es lo que tenemos que dejar de lado y qué es lo que tenemos que potenciar.

Es una tarea vasta y muy compleja. Quizá una de las sombras que dificultan este propósito radique en la ingenuidad de pensar que ahora sí todo cambiará para bien. Se hacen grandes evaluaciones y se proponen metas ambiciosas cuyo logro nos depararía un futuro distinto. Pero las primeras señales que indiquen que no ha sido así serán suficientes para tirar por tierra las buenas intenciones y sumir a muchos en el escepticismo y en el conformismo, o para buscar refugio en visiones ideológicas que soslayan aspectos fundamentales de la realidad.

Otra sombra, más difícil de enfrentar, es el recuerdo de crisis anteriores en las que la humanidad tuvo la ocasión de enmendar el rumbo y no lo hizo. El siglo XX, en ese sentido, es particularmente crudo. El primer cuarto de siglo, por mencionar una etapa, dejó como saldo una guerra mundial y una pandemia que costó la vida de más de 50 millones de personas. Uno podría pensar que después de dos eventos de esa magnitud las cosas cambiarían para bien. Y, sin embargo, menos de veinte años después, se produjo otra guerra mundial aún más sangrienta y en la que los niveles de inhumanidad alcanzaron cotas nunca vistas. No extraña que luego de ello cundiera una apatía frente a la posibilidad de ser buenos y en ese caldo de cultivo el nihilismo encontrase un fértil asidero para crecer y propagarse. Se debe anotar, sin embargo, que esta lectura esconde las incontables opciones de innumerables personas que, incluso en medio del desastre, dieron muestras de bondad, de sacrificio, de generosidad… de humanidad. Quizá sin ellos la noche hubiese sido más oscura. Su testimonio es evidencia de que las pequeñas acciones son muchas veces trascendentales, aunque no generen vistosos resultados.

¿Qué podemos esperar hoy? Desde una perspectiva, es casi un hecho que habrá cosas que no cambiarán. Luego de que pase la sensibilización social frente a los más necesitados, ante los inmensos agujeros del sistema, muchas cosas volverán a la “normalidad”. Seguirá habiendo corrupción, ineficacia, egoísmo, guerras, hambre, etc. Pero desde otra perspectiva, la ocasión no puede pasar por nuestra puerta sin que la tomemos para hacer los cambios que cada uno, aunque sea en la esfera de la intimidad o de su núcleo familiar, puede realizar. ¿Qué actitud vamos a asumir? Tal vez no podamos detener la pandemia de la corrupción o gestionar los cambios estructurales que son necesarios. Pero, aunque invisibles, el futuro no será indiferente ante las opciones personales que podamos tomar para ser mejores personas y así contribuir al bien común. Un metro ganado al egoísmo, al desinterés por la suerte del prójimo, al esfuerzo por vivir según valores auténticamente humanos, ya es un cambio. La suma de esos pequeños cambios podrá incluso impactar en las personas que tienen en sus manos las decisiones para corregir las estructuras torcidas.

No es, pues, tiempo de ingenuidad, pero tampoco lo es de escepticismo o indiferencia. Como en toda crisis, el realismo y la grandeza de espíritu nos permitirán atravesar este escollo y ser una sociedad con —al menos algunas— mejores personas que desde su realidad contribuyan a una transformación social silenciosa pero eficaz.

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