Covid-19 y el regreso del bien común

por Gabriel Maino

No podemos evaluar aún cuales son las consecuencias que tendrá la pandemia del COVID-19 en nosotros, en las sociedades donde vivimos, y en el plano internacional. Esta es una historia inconclusa, que sólo podemos observar desde nuestro lugar de confinamiento, un especial punto de vista teñido de parcialidad y circunstancias muy concretas y diferentes para todos. No obstante, ya ha habido hipótesis publicadas en los medios de comunicación, algunas de titulares ampulosos, tales como que esta situación cambiará el mundo y nuestras vidas para siempre. Son sólo eso: hipótesis.

Algo un poco más constatable es que la pandemia ha vuelto a poner al Estado en el lugar protagónico de la vida social y la administración de la vida común. En efecto, los gobiernos han ido tomando decisiones, muchas de ellas categóricas, y no han dudado en poner en funcionamiento los resortes de las fuerzas armadas y de seguridad para que dichas medidas sean acatadas rigurosamente. A su vez, también se han tomado otras medidas de naturaleza económica, educativa, y un largo etcétera al que todos los ciudadanos hemos tenido que adaptarnos. No sabemos si la pandemia cambiará nuestro modo de vida en el futuro, pero es indudable que la ha cambiado en el presente.

Estas características del tiempo presente son una novedad para muchos. Al menos en el Occidente al que pertenecemos culturalmente, formado por Europa, América y parte de Oceanía, el individualismo político y social se ha ido acrecentando con el paso de las décadas, convirtiéndonos en ciudadanos preocupados y ocupados en hacer valer nuestros derechos sin consideración del cumplimiento de los deberes que necesariamente les corresponden. Sociedades multiculturales en las que cada colectivo autopercibido como tal, y cada individuo particular, parecieran constituir una isla ideológica y cosmovisional, con grandes dificultades de diálogo entre sí. En este marco, la aparición de un enemigo común —la pandemia— pareciera haber borrado estas diferencias que antes parecían infranqueables igualándonos a todos en el temor, la perplejidad y la obediencia a la autoridad.

Es en este punto, donde aparece un viejo protagonista del pensamiento político y social, un personaje que parecía desaparecido a pesar de haber estado en el centro de la filosofía política por siglos: el bien común. Hasta antes de la pandemia, era notable las dificultades que ofrecía a las nuevas generaciones hablar de bien común. Un bien superior a los deseos, intereses y necesidades de cada uno; un bien que es de todos, pero distinto de la sumatoria del bien de cada uno, era verdaderamente imposible de explicar a jóvenes o adultos habitantes del mundo que exalta las diferencias y que es incapaz de juzgar la bondad y verdad de cualquier afirmación.

Estas dificultades eran aún más grandes en Latinoamérica. Nuestro subcontinente adolece de los males del desprecio a la ley, grandes diferencias sociales difíciles de justificar y una gran corrupción que corroe toda la vida social. En ese panorama, es razonable que no se comprendiera lo que es el bien común. Esto es así, porque el bien común, siendo el bien de toda la comunidad política, sólo puede existir donde reina la justicia. Son dos caras de una misma moneda, y faltando el uno faltará el otro necesariamente.

Es por esto que cuando el gobierno y las leyes se orientan al bien común decimos que son justos, mientras que el orden social injusto es aquel que beneficia a algunos en perjuicio del bien común. El bien común es el fin de la política, aquel que permite ordenar la sociedad legítimamente, que comprende al individuo pero al mismo tiempo lo trasciende, y permite alcanzar la paz, esto es el orden tranquilo y suave de la comunidad.

Pero con el regreso del bien común pueden también aparecer impostores. Esto es así porque el “bien común” no debe ser confundido con “interés público” o “bien público”. Puede parecer lo mismo, pero no lo son. Las nociones de interés o bien público obedecen a concepciones estatistas del poder, en las que el bien del Estado y el bien de los ciudadanos son antagónicos. El bien de las personas de carne y hueso y el bien del Estado compiten, actuando uno en desmedro del otro. Esto no es a lo que nos referimos al hablar del bien común: este presupone la composición armónica del bien de cada uno de los miembros del cuerpo social y, por ello, es límite del poder y fuente de la libertad personal. El bien común no significa despersonalización de cada uno de nosotros, sino planificación de nuestra vida y nuestra persona como miembros de una comunidad a la que pertenecemos.

La idea de bien común supone un gobierno justo y ciudadanos libres cumpliendo sus deberes para con la comunidad, deberes que nos realizan y plenifican. Por eso, más allá del cumplimiento del deber formal o exterior, quizás la situación actual nos podría invitar a mejorar a todos personalmente. En efecto, el bien común no nos exige una obediencia ciega sino libre, una obediencia que no pierde el horizonte de la justicia y la prudencia que legitima el accionar de las autoridades y nuestro propio accionar como ciudadanos. Pero además de la obediencia, debemos también cada uno de nosotros personalmente dar un poco más de nosotros mismos. Ser mejores individualmente también es algo que le debemos a los demás en razón del bien común.

Decir que el ser humano es un ser social y político implica que todo su accionar está referido a “otro” con el que de algún modo estamos comprometidos. Este otro es el resto de la comunidad a la que pertenecemos. Nuestra relación con la comunidad no se agota en obedecer las leyes o las órdenes del gobierno, también está en juego el bien común cuando, sin rebasar la esfera de lo que en apariencia es puramente “privado”, dejamos de ser virtuosos y de hacer el bien. Por eso los clásicos decían que el bien de cada virtud es susceptible de ser referido al bien común. En cierta manera, actuar virtuosamente y hacer el bien es algo que le debemos en justicia a nuestro prójimo y a toda la comunidad. Por eso Aristóteles decía que este tipo de justicia que es tan bella que «ni el lucero de la mañana ni el vespertino pueden ser comparados» a ella.

Gabriel Maino (Buenos Aires, 1975) es Doctor en Derecho por la Universidad de Santiago de Compostela (España) y profesor en la Pontificia Universidad Católica Argentina.

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