Contemplando el horizonte

Carmen Yebra

Moisés en la cima del monte Nebo (Dt 32,49-50)

Una de las grandes sorpresas para un lector bíblico, además de una enorme fuente de frustración, es descubrir pasajes que generan más preguntas que respuestas. Esta experiencia es, sin embargo, inseparable de la naturaleza de los propios relatos y también una de sus grandes riquezas pues prueba su potencial para iluminar situaciones nuevas y diversas. A la realidad en que vivimos le pasa algo similar; cuando parece que la comprendemos, que somos capaces de desenvolvernos en ella, nos lanza nuevas preguntas y nuevos retos porque se abren nuevos escenarios, algunos muy dolorosos.

La figura de Moisés es una de las más atractivas de los textos bíblicos. Ha sido fundamental en toda la tradición y se ha hablado de él fundamentalmente como el gran guía de Israel, quien lo salva de la esclavitud, quien lo conduce por el desierto y quien lo protege en la adversidad. La suya es, sin duda, la historia de un gran caminante en cuyo recorrido aparece el encuentro con Dios, la duda, el éxito y también el fracaso. Es una de esas figuras «redondas», completas o complejas en las que pueden verse todos los rostros del ser humano y descubrirse todas las dimensiones del creyente.

Entre sus historias, el final de su vida llama poderosamente la atención y es, tal vez, una buena invitación para la vivencia de momentos de incertidumbre. En el Deuteronomio, tras un largo camino se le anuncia, en contra de todo pronóstico, que morirá sin poder entrar en la tierra prometida. En las fronteras del territorio Dios le dice:

«Sube a esa montaña de los Abarím, al monte Nebo que está en el país de Moab, frente a Jericó, y contempla la tierra de Canaán que yo doy en posesión a los hijos de Israel. En el monte al que vas a subir morirás, e irás a reunirte con los tuyos, como tu hermano Aarón murió en el monte Hor y fue a reunirse con los suyos» (Dt 32,49-50).

Al llegar aquí el lector queda perplejo, pues acaba de escuchar un magnífico discurso en el que percibe la profunda fe de Moisés, su hondo conocimiento de Dios y su apuesta por el pueblo (Dt 32,1-47). Como gran líder lo orienta a un futuro en el que sabe que no vivirán si no tienen presente a su Dios y a su palabra. Es él quien les dice:

«Estad bien atentos a todas estas palabras que os doy como testimonio. Se las prescribiréis a vuestros hijos, para que cuiden de poner en práctica todas las palabras de esta Ley. Porque no es una palabra vana para vosotros sino que es vuestra vida, y por ella prolongaréis vuestros días en el suelo que vais a tomar en posesión al pasar el Jordán».

Moisés les habla de vida y de futuro pero, pese a ello y a todo lo realizado, él no entrará en la tierra. Parece que nada tiene sentido y que estamos ante un Dios cruel, que no perdona y que olvida todas las acciones positivas de su siervo.

Antes de lanzar preguntas hirientes al texto, antes de decirle que no se entiende, que no gusta esta imagen de Dios, que no tiene sentido todo el trabajo realizado si no se va a ver cumplida la promesa, o incluso, antes de cerrarlo para no regresar nunca a él, el consejo es detenerse y volver a leer con calma el relato intentando descubrir en él nuevos horizontes y, tal vez, las nuevas perspectivas que se abrirán si se «está bien atento».

Dios le dice a Moisés que suba a la montaña y ello no puede pasar desapercibido para un lector bíblico pues es en ellas –en el Sinaí, el Horeb, el Tabor y tantas otras– donde ha habido grandes encuentros con la divinidad. La montaña es ese espacio de encuentro, es el lugar en el que conectan la superficie de la tierra y sus problemas y los cielos y sus dones, es el escenario de la revelación divina. Visto así, quizá haya que interpretar ese mandato de Dios como una última invitación a encontrarse con Él. La subida es, probablemente, un camino trabajoso y costoso, pero merece la pena hacer esa ruta con Moisés, dándose cuenta de que sube solo, como tantas otras veces, siguiendo las indicaciones de Dios. Solo en ese camino de subida se va percibiendo cómo cambia el paisaje y cómo se va despejando, y cuando se llega a la cima es posible contemplar un amplio horizonte, algo que no se esperaba, todo el territorio de Canaán. Es entonces cuando se puede captar la sorpresa, la complacencia, el hondo agradecimiento que esa visión puede haber provocado en Moisés. Tras el tiempo del desierto, tras lo posiblemente anodino de su paisaje, tras lo repetitivo de un camino, tras las dificultades vividas con el «pueblo de dura cerviz», el horizonte se despliega con toda su inmensidad. Moisés tiene la oportunidad de verlo todo, de soñar en ese futuro que aguarda a su pueblo, de vislumbrar el más allá y todas sus posibilidades. No se queda en una experiencia concreta del aquí y el ahora más próximo o inmediato. No se queda anclado en el presente ni recordando un pasado que ya ha trascurrido. No se ve a sí mismo como centro de la promesa, sino a su pueblo. El relato no dice cuánto tiempo va a durar la subida, –seguro que no mucho–, ni tampoco cuánto va a ser el tiempo de la contemplación –nada dice que no pueda ser una larga vejez contemplativa–.

Las alturas y la contemplación permiten algo fundamental en tiempos de crisis y en situaciones de dificultad pues posibilitan ver lo más cercano, pero también tener una visión amplia, extensa de las posibilidades de los acontecimientos. Quizá ese anuncio de la muerte en lo alto de un monte, no deba ser leído como castigo o maldición (como solemos hacer), sino como una nueva bendición; la que posibilita, con una visión extensa, soñar en el futuro halagüeño de su pueblo; la que permite –junto con los suyos que ya no están– ver la dispersión de los hijos, cada uno hacia una tierra diferente, hacia el territorio que Dios les ha preparado; la que permite contemplar la realización de la tarea encomendada: llevar al pueblo a esa tierra en la que hallarán la vida. Moisés, desde ese monte y esa tumba desconocida, sigue observando, contemplando, animando a ese pueblo que debe seguir caminando.

Tal vez, siguiendo a Moisés, la invitación en momentos de dificultad sea parar y «contemplar la tierra de Canaán». Observar, discernir, descubrir lugares y situaciones, apreciar a personas que pasan desapercibidas, simplemente dejar de caminar para sentir el aire de la montaña, para escuchar los sonidos de la naturaleza, para situar cada realidad en su sitio. La subida al monte acerca a Moisés a esa forma que Dios tiene de mirar. Permite vislumbrar cómo Él observa a los suyos y también permite sonreír sabiendo que lo que promete es una gran tierra, un gran proyecto, un gran futuro. Contemplar implica tomar una cierta distancia, no para alejarse, sino para tener una visión de conjunto que impida que nuestras preocupaciones hagan sombra a otras realidades que generan vida; para sentir que lo inmediato no debe invisibilizar, ni ahogar aquello que está destinado a suceder más adelante.

Paradójicamente el relato no concluye con la recriminación de Moisés o con su queja por no haber entrado en ese ansiado espacio sino con una bendición. La larguísima bendición que ofrece a todas las tribus de Israel. En sus palabras no hay lamento sino una visión de futuro y deseos de prosperidad para aquellos que él ha ayudado a guiar. Es una bendición generosa, precedida por la honda certeza de que «ciertamente, Tú amas a los tuyos (Dt 33,3)». El relato de la muerte de Moisés lejos de ser una maldición, es una enseñanza a recordar el camino ya recorrido, reconociendo en él la mano de Dios y a mirar hacia un futuro en el que Él seguirá mostrando sus bendiciones. La montaña, entonces, es el lugar para permanecer con Dios y, como Él, contemplar, esperanzados, la grandeza que hay en sus obras.

Carmen Yebra es doctora en Teología y profesora de Sagrada Escritura en la Universidad Pontificia de Salamanca

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