Bien común e interés público

Max Silva

Tal como se ha señalado en el último tiempo, además de mostrarnos nuestra debilidad como seres humanos, la actual pandemia ha reflotado el viejo pero siempre vigente tema del Bien Común. Viejo, porque ha sido una materia tratada desde hace muchos siglos, aunque haya ciertos sectores que actúan como si no existiera en absoluto; y siempre vigente, porque es una verdad insoslayable, fruto de nuestra natural e inevitable tendencia a vivir en sociedad.

Así pues, en un mundo tan individualista, que a ratos nos empuja a cosificar a los demás en pos de nuestras aspiraciones, el cúmulo de restricciones que se nos han impuesto en todas partes producto de la pandemia, ha venido a ser un balde de agua fría para estos afanes emancipadores. Y es precisamente el fundamento de estas medidas lo que ha reflotado el tema del Bien Común.

Suele señalarse que el Bien Común es algo así como “el conjunto de condiciones materiales y espirituales que deben imperar en una sociedad para lograr el máximo desarrollo posible de sus miembros”, definición que, siendo correcta, puede parecer demasiado teórica, un bello ideal a alcanzar, pero que debe distinguirse claramente de la cruda realidad. Es por eso que, aun compartiéndola, preferimos explicar el Bien Común como una “situación”, que permite la vida en sociedad y que debe tender hacia la mayor plenitud posible de todos y cada uno de sus integrantes, al no ser lícito cosificar a unos en provecho de otros.

La clave es, pues, la idea de “situación”, que también podría asimilarse a un “hábitat”, una “atmósfera”, un “clima” o un cierto “estado de cosas”, que hace posible, ni más ni menos, que podamos funcionar como sociedad. Lo anterior, debido a que no somos un simple rebaño que se amontona para sobrevivir sin más —deambulando de aquí para allá a fin de buscar su alimento y protegerse de sus enemigos—, sino entes racionales y libres, todo lo cual hace que requiramos de una mínima organización para convivir, una organización política, en la cual existan, entre otras cosas, gobernantes y gobernados.

Lo anterior resulta inevitable, básicamente por dos razones. Primero, porque por el solo hecho de existir como sociedad, surgirán un cúmulo de problemas que la afectan en su conjunto —y por tanto, a todos sus integrantes—, problemas que no pueden ser soslayados o ignorados, y de cuya solución depende la subsistencia de esta misma sociedad. Y segundo, porque resulta absolutamente imposible que el grupo en su totalidad esté resolviendo estos problemas de forma permanente, pues se encontraría todo el día ocupado en esta ardua tarea y no podrían satisfacerse las innumerables necesidades de la vida cotidiana, lo que igualmente la haría colapsar. De ahí que se requiera de ciertos sujetos, los gobernantes, que se encarguen de enfrentar estos problemas como ocupación prioritaria, siendo esa su contribución al mantenimiento de la sociedad.

Pero el Bien Común no se agota solo en los gobernantes, que vienen a ser, en realidad, un grupo bastante pequeño dentro de la población total. Es imprescindible la colaboración de los gobernados, cada cual con sus funciones y responsabilidades, dentro de los casi infinitos papeles que les toca a unos y otros. De esta manera, para lograr el Bien Común, esta “situación” que permite que nuestras sociedades funcionen, todos somos importantes. Por eso es esencial que los gobernados colaboren de buena fe con las directrices de los gobernantes, si también han sido dictadas por ellos de buena fe y para beneficio del todo, pues se necesita la sinergia de ambos.

Sin embargo, no hay que olvidar al mismo tiempo, que estos gobernantes, sobre cuyos hombros recae la gran responsabilidad de enfrentar del mejor modo posible los problemas comunes que surgen permanentemente en toda sociedad, son personas, seres humanos iguales a los gobernados, e incluso en no pocos casos, sometidos a tentaciones bastante más poderosas que las que aquejan al común de los mortales.

Esta es la razón por la cual, no cualquier cosa que los gobernantes ordenen, adquiere por ese solo hecho legitimidad. Y la clave, se insiste, radica en que tal como “el hábito no hace al monje”, el hecho de ser investido con una función pública, no transforma al sujeto en un santo o en un ser superior. Muy por el contrario, en no pocos casos, la persona puede ser corrompida por el poder que adquiere, convirtiendo esta herramienta, indispensable para ejercer el cargo, en un fin en sí mismo.

Por ello, se insiste, no toda directriz que emane de los gobernantes es lícita de suyo, por mucho que se la quiera disfrazar bajo el ropaje del “interés público”, pues muchas veces se esconden aspiraciones bastante individualistas de quienes las promueven.

Es precisamente por eso que se señalaba que para lograr el Bien Común, se requiere de la colaboración responsable y comprometida de los gobernados que, de buena fe, estén dispuestos a seguir las directrices de los gobernantes, pero sin caer en una especie de infantilismo que obedezca ciegamente sus órdenes, o que quiera descargar toda la responsabilidad en quienes mandan. El mantenimiento de nuestras sociedades es, pues, tarea de todos y nadie puede restarse por completo a esta labor. A esto debieran contribuir, precisamente, las democracias modernas.

En consecuencia, para lograr y mantener el Bien Común, se requiere de un delicado equilibrio, para no caer en los extremos del despotismo o incluso del totalitarismo, por un lado, y ni en la anarquía o la ingobernabilidad, por otro. Debido a iguales razones, no todo lo que dispongan los gobernantes, por mucho que se lo quiera justificar como de “interés público”, contribuye necesariamente al Bien Común. De ahí que pueda señalarse que el Bien Común siempre presupone el auténtico interés público, pero no todo lo que se establezca bajo este último rótulo contribuye necesariamente al primero.

Por tanto, en nuestra actual situación fruto de la pandemia que nos aqueja, debemos, todos, actuar como gobernados y gobernantes responsables, poniendo lo mejor de nosotros mismos para lograr este Bien Común, a fin de enfrentarla del mejor modo posible y seguir adelante con nuestras vidas, tanto en el plano individual como social.

Max Silva Abbott (1968), es doctor en Derecho por la Universidad de Navarra, España y profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad San Sebastián, Chile.

Fotografía de  Bill Oxford en Unsplash

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