El escándalo de la muerte

por Giuliana Caccia

El 2020 ha estado marcado por un fenómeno sin precedentes que va a pasar a los anales de la historia con tanta fuerza como lo han hecho las grandes guerras: la pandemia del Covid-19.  Si bien no es la primera epidemia que ha matado a miles de personas en una comunidad, lo cierto es que la “novedad” del Coronavirus radica en que ha confinado a la gran mayoría de personas en el mundo. Y todas casi al mismo tiempo. Si algo se puede definir como globalista, es precisamente esta experiencia.

En este marco, hay otra vivencia que puede ser explicada bajo la misma categoría comunitaria: sentir que la muerte nos toca la puerta. Se dice que el Covid-19 es una ruleta rusa. No sabemos si llegará a nuestro hogar. A nuestra propia vida. Y si llega, no tenemos ninguna certeza de si es que saldremos inmunes, o simplemente no saldremos del ataque viral. Ante esta realidad que se presenta para muchos como un callejón sin salida, nos protegemos y cuidamos a los nuestros. A aquellos que más nos importa. Es más, si cumplimos —y muchos aplauden— un confinamiento con ciertos tintes dictatoriales, a pesar de que pueda costarnos la economía de todo un país o región, es porque nos preocupa cuidar nuestra vida y la de nuestros seres queridos. En un momento así no dudamos en gritar a los cuatro vientos que toda vida es sagrada y digna. Es más, exigimos que el Estado ponga absolutamente todos los medios políticos, económicos, militares y técnicos para que nuestra familia esté protegida. No importa cuánto cueste. No importa a quién le cueste. Salvar una vida querida vale millones del PBI. Y ni qué decir sobre el sacrificio de los otros. Más de uno se ha encontrado criticando al vecino, al heladero, al señor que pasea al perro o a la señora sin recursos que vende en el mercado por haber incumplido la cuarentena, poniendo en peligro nuestra salud y la de nuestra familia.

De hecho, estas muestras de responsabilidad social son encomiables. Solidarias. Sin embargo, si extrapolamos este fenómeno —que hoy surge como algo proporcional a la amenaza— a una coyuntura ordinaria, la pregunta que sale a la luz es: ¿por qué no expresamos el mismo sentido de solidaridad radical cuando se trata de enfermedades que vienen afectando a otros, también de manera masiva, desde hace mucho tiempo? ¿Por qué no pedimos con la misma energía que el Estado se gaste hasta lo que no tiene para salvar otras vidas que no son necesariamente las de personas cercanas? ¿Será que hemos normalizado situaciones igualmente trágicas y dolorosas porque quizá no nos tocan tan de cerca?

Hablando de un caso en concreto, en el Perú es demás conocida la precariedad del sistema de salud. Pero no es un dato nuevo que conocemos a raíz de la pandemia del COVID-19. Esta tragedia tal vez lo que ha hecho es evidenciarlo de manera irrefutable. Y, debido a esta realidad, no son pocos los peruanos que mueren por enfermedades que podrían ser prevenidas o curadas con un sistema de salud pública más eficiente. De hecho, hay muchos males que en el mismo país no padecen personas con más recursos o, de hacerlo, se curan de manera más eficaz con atención privada y dinero para la compra de medicinas. Por ejemplo, solo durante las siete primeras semanas del 2020, el Perú notificó 8221 casos de dengue con 11 muertes. Otro dato indicativo es la cantidad de muertes fetales durante el proceso del parto debido a la escasa atención médica. En el año 2019, 95 niños murieron por dicha causa. Del mismo modo, fallecieron 31 niños ya nacidos en lo que se llama defunción fetal evitable.[1] En el 2017, 14038 personas murieron de influenza y gripe; 6535 de otras enfermedades bacterianas; 1347 por tuberculosis; 1134 de desnutrición; 844 de HIV y 16136 de “las demás causas” según un informe de Ministerio de Salud.[2]

Como podemos ver, fuera del contexto de la pandemia, son muchas las personas que mueren por múltiples causas que pueden ser prevenidas o salvadas. Sin embargo, la actitud del “resto” que no está en dichas estadísticas no es ni de cerca de conmoción. Tampoco se trata de vivir en una alarma constante, como la de hoy, ante el dolor o miseria que siempre acompañará la vida de una sociedad. Sería, por decirlo de alguna manera, poco saludable para una convivencia equilibrada permanecer por siempre como lo hemos hecho durante estas semanas, sin ignorar que, desafortunadamente, las personas más vulnerables sí viven todos los días en un estado “pandémico” debido a diversas causas. Pero quizá una de las enseñanzas que nos deja la pandemia es que la alternativa a un estado de alarma permanente tampoco es la indiferencia en la que podemos haber estado sumidos. ¿Qué es lo que cambia en nuestros fundamentos cuando estamos en una situación como la que vivimos hoy? ¿Es acaso que cuando nos sentimos vulnerables ante la muerte, con iguales recursos que los demás, recién nos damos cuenta de la triste realidad del otro? ¿Hay manera de lograr la empatía social de manera equilibrada y efectiva?

Decía el psicoanalista y luego sacerdote Ignace Lepp, en su obra póstuma “Psicoanálisis de la muerte”, publicada en 1967, que “la muerte del hombre no aparece casi nunca a la conciencia como verdaderamente natural. Cierto que cuando hablamos de la muerte en general o de la muerte de personas que nos son extrañas, la declaramos perfectamente natural, las comparamos poéticamente a la caída de las hojas en otoño; con gran convicción asentimos a los argumentos en favor de la necesidad absoluta de la muerte para un universo y una humanidad en estado de perfección. Pero cuando se trata de nuestra propia muerte, se nos muestra inmediatamente como una amenaza, como una desgracia, hasta como una escandalosa injusticia”.

Ojalá que la terrible realidad que vivimos hoy como humanidad, y de manera más concreta como ciudadanos de un país determinado, despierte positivamente el interés por el otro de una forma más constante y sostenida; que el vivir la vulnerabilidad ante la experiencia cercana de la muerte nos haga entender que el individualismo, cuando enfrentamos momentos difíciles en las que nuestras solas fuerzas no bastan, no sirve de mucho. Siempre será mejor vivir también pensando en el otro. No basta con no hacer nada malo. La indiferencia, muchas veces, es peor.  

Giuliana Caccia (Lima 1975), Comunicadora social por la Universidad de Lima y Master en Matrimonio y Familia por la Universidad de Navarra, es Directora de la Asociación Origen.

Fotografía de Aron Visuals en Unsplash


[1] http://www.dge.gob.pe/portal/docs/vigilancia/boletines/2019/14.pdf

[2] http://www.minsa.gob.pe/reunis/recursos_salud/MORTG002017.asp

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