Absurdo

La situación que se vive en el Perú por la crisis generada en torno al Coronavirus viene pintando un panorama de tintes absurdos. No es el caso enumerar los múltiples problemas que enfrentamos como sociedad, no sólo en el ámbito de la salud sino también en el económico y social, ni las graves repercusiones en la vida familiar y personal de millones de peruanos. Las conocemos, las vivimos y las sufrimos a diario. Lo que quisiéramos es detenernos a reflexionar sobre un aspecto que, cada día con mayor fuerza, se hace más evidente en la conducción de la crisis.

El término absurdo, que utilizamos líneas arriba, en su significado actual se refiere a algo contrario y opuesto a la razón, que no tiene sentido. Ahora bien, si nos remitimos al origen de la palabra, proveniente del latín, veremos que está compuesta por dos lexemas: ab y surdus. Es decir, “sordo respecto de”. Por ello, en sus acepciones originales en latín, el término se utilizaba en el lenguaje musical para señalar sonidos disonantes, desagradables para escuchar. Desde este significado base, absurdo se traslada a otros ámbitos de la vida con el sentido de irracional, disparatado, chocante, contradictorio. En ese sentido, la mirada a este término y su origen es una ventana para abordar la situación que estamos viviendo ya que el desarrollo de la pandemia viene presentando una serie de situaciones absurdas, a distintos niveles. Se viene señalando con insistencia —y sin resultado— lo disparatado y contradictorio de muchas de las medidas adoptadas por el gobierno. Por ejemplo, ¿no es acaso ilógico prohibir que más de una persona transite en vehículos particulares —con escasísima sino nula posibilidad de contagio— y por otro lado autorizar el uso de medios de transporte, en los cuales se está mucho más expuesto? Es igualmente contradictorio pretender evitar aglomeraciones y al mismo tiempo recortar los horarios en los que las personas pueden acceder a diversos servicios como ir al banco, a la farmacia o a los supermercados. ¿A dónde nos lleva esto?

Un repaso a las acciones de nuestros gobernantes en las últimas semanas nos permite constatar cierta cerrazón y empecinamiento en medidas probadamente ineficientes, así como una suerte de inmunidad a la crítica externa. Todo ello, claro está, en perjuicio de la salud pública y de la vida de miles de personas. En este sentido, si nos remitimos a la etimología que señalamos hace un momento, podríamos decir que se cae en el absurdo precisamente por asumir actitudes contenidas en el sentido original de término: la sordera respecto de algo o alguien. Hay, por lo menos, dos elementos respecto de los cuales un gobierno no puede permanecer sordo: la realidad y la crítica de otros sectores. Si lo hace, como a estas alturas podemos constatar, terminará actualizando todos los significados potenciales del absurdo: irracionalidad, disparates, contradicción, etc. Y las consecuencias las pagaremos todos.

La realidad habla, los hechos van demarcando una línea y son indicadores. ¿Qué sentido tiene mantener un curso de acción cuando los hechos demuestran que es inefectivo? Y peor aún, ¿qué se gana buscando culpables de la situación, poniendo el peso de gravedad en el incumplimiento de las directivas? ¿No será que no se cumplen, al menos algunas de ellas, porque no responden a lo que la realidad exige en este momento, porque —justamente— son absurdas? No querer escuchar las voces de la realidad es muestra, entre otras cosas, de ceguera ideológica. Caer en ello es particularmente grave pues quiere decir que se está gobernando en base a premisas a priori.

Por otro lado, las críticas provenientes de distintos sectores de la sociedad deben ser acogidas como parte de esa situación que habla. Un gobierno debe tener la capacidad de trascender las diferencias y rencillas políticas para incorporar lo que pueda haber de acertado e iluminador en las sugerencias, opiniones e incluso en las denuncias, vengan de donde vengan. Una de las maneras de viabilizar este útil y necesario recurso sería, por ejemplo, generar instancias de diálogo interdisciplinar en el que se dé cabida a posturas diversas. Si son críticas, constructivas, aun mejor. ¿Qué lugar viene teniendo en esta crisis, por ejemplo, el Foro del Acuerdo Nacional?

La sordera de un líder es una de las peores desgracias para su pueblo. Para evitarla, es fundamental el ejercicio de la milenaria virtud de la prudencia, recomendada desde los albores de la civilización como inherente al ejercicio del buen gobierno. Además, el líder debería estar rodeado de profesionales capacitados, de asesores capaces de recoger todas las voces y signos de la realidad, interpretarlos a la luz del bien común, y plasmarlos en recomendaciones realistas, proporcionadas y eficaces. Un líder sordo y mal asesorado es, quizá, otra de las peores desgracias para su pueblo pues lo llevará a la ruina por la senda del absurdo.

Photo by Paweł Czerwiński on Unsplash

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *