La encrucijada de la (des)información

En más de una ocasión hemos escuchado que “información es poder”.  Son muchos los escenarios en los que, efectivamente, tener acceso a determinados datos ofrece enormes posibilidades para alcanzar objetivos y avanzar en algún sector que sirva al bien de una comunidad. Este es el caso, por ejemplo, de muchos ámbitos científicos. Sin embargo, no siempre el fin para el cual los datos son usados es bondadoso. Muchas veces estos ayudan a lograr una posición privilegiada de unos cuantos sobre otros con la intención de sacar algún provecho personal o colectivo, que no necesariamente beneficia a la mayoría. Con esta premisa, es fácil comprender por qué la creación y transmisión de la información se ha convertido en un instrumento al servicio de diversas agendas.

¿Cómo navegar en las aguas de la (des)información hoy? Vivir en la época de las fake news, en la era de la posverdad y del uso intencionado de la desinformación nos plantea diversos desafíos. Por un lado, como es fácilmente constatable, observamos una profusión de datos sin precedentes. Y no es sólo en la cantidad de plataformas a través de las cuales se difunde la avalancha de información sino en la variedad de tendencias y sesgos que se pueden encontrar en el “mercado” noticiario. Ello, sumado a otros factores, puede contribuir a la confusión del desprevenido. Por otro lado, hay un relativo consenso sobre la existencia de grupos de poder que manejan la información que se difunde de acuerdo con sus intereses. En este aspecto, es importante precisar la gravedad del uso deliberado de la desinformación como una estrategia premeditada para lograr fines políticos, culturales, económicos entre otros. No es que antes no hayan existido. Hoy, sin embargo, las tecnologías de la comunicación generan efectos sin precedentes. El asunto preocupa al punto que, por ejemplo, el Departamento de Estado de los Estados Unidos auspició recientemente un estudio que lleva el sugestivo título de: “Armas de distracción masiva: desinformación patrocinada por estados extranjeros en la era digital”[1].

En este panorama, es natural que se genere desconfianza y suspicacia frente a lo difundido en los medios —grandes o pequeños— y en las redes sociales. Los ciudadanos de a pie fácilmente nos podemos sentir zarandeados por los poderes que manejan el flujo de la comunicación, por los gigantes tecnológicos que pretenden controlar campos cada vez más amplios de nuestra vida y por tendencias de opinión que parecen imparables y que, sin embargo, no pocas veces están disociadas del sentido común, de la realidad y, paradójicamente, de los datos estadísticos. Surge entonces la pregunta: ¿a quién creer? ¿Qué creer? Por momentos parecería que navegamos entre dos escollos: aceptar y asumir acríticamente todo lo que se lee o escucha en los medios que hayamos elegido seguir; o caer en una espiral de teorías de la conspiración que nos llevaría a dudar de lo que se publica y encontrar agendas ocultas detrás de todo hecho o evento reportado. ¿Cómo pasar por el medio de estos peligrosos extremos sin estrellarnos en alguno de ellos?

La pregunta adquiere mayor crudeza si tomamos conciencia de que los problemas de la desinformación, de las noticias falsas y del mal uso intencionado de los medios de comunicación, lejos de estar cercanos a encontrar una solución, parecen agudizarse cada vez más. Estamos ante un escenario complejo en el que convergen a gran escala el creciente poder de la tecnología, los medios de comunicación y el comportamiento humano. Lo esperable es que la corrección a los problemas mencionados requerirá soluciones complejas que escapan al campo de influencia de la mayoría de las personas y llevará tiempo encontrarlas.

Entonces, volvemos a la pregunta: ¿qué podemos hacer los ciudadanos de a pie ante esta realidad bajo cuya influencia, no obstante, estamos? Quizá empezar por tomar consciencia de que tenemos un recurso que ningún poder mediático, económico ni culturalmente dominante podrá quitarnos: nuestra capacidad de razonar, de pensar y decidir. Desarrollar un espíritu crítico es, pues, fundamental. De alguna manera es nuestra primera línea de defensa frente al embate de la desinformación, de las noticias falsas y de la manipulación mediática. Y como tal, es responsabilidad de cada uno fortalecerla de manera proactiva y realista.

¿Qué entendemos por crítico? No nos referimos a generar una opinión discordante o negativa frente a determinado hecho o información. En el origen del término crítico encontramos el significado de decidir, juzgar, separar. Ejercitar una capacidad crítica, precisamente, nos permite utilizar de manera saludable la razón para ver la realidad que tenemos al frente y valorarla, procurando siempre hacer el ejercicio de despojarnos de cualquier distorsión ideológica que pudiera nublar nuestra visión. En base a ello podremos luego tomar decisiones prudentes. Este ejercicio crítico requiere, entre otros, que aprendamos a contrastar fuentes, a analizar y evaluar aquellas que se aproximan al mismo tema desde enfoques distintos, a darles a cada una su lugar. Pero, sobre todo, requiere de una mirada amplia de la realidad que se cultiva en la formación constante, particularmente en aquellos temas que amplíen nuestra base de conocimiento y enriquezcan la comprensión de nuestro entorno.

No se ve en el futuro cercano una solución al problema de la (des)información, de la difusión de noticias falsas o de la manipulación mediática. Lo que tenemos todos al alcance de la mano es la capacidad de formarnos, de desarrollar una mirada crítica de la realidad en base a la cual podamos discernir la información y hacernos una opinión, valga la redundancia, informada.

Photo by Markus Spiske on Unsplash


[1] https://www.state.gov/wp-content/uploads/2019/05/Weapons-of-Mass-Distraction-Foreign-State-Sponsored-Disinformation-in-the-Digital-Age.pdf

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