Libertad

El mundo moderno nació arropado en la bandera de la libertad. En palabras del filósofo español Gustavo Bueno, la libertad “es una palabra llena de prestigio” que constituye “uno de los grandes símbolos de nuestra época”. Habría que decir, incluso, que hoy es una palabra talismán. Todo aquello que vaya adjetivado como “libre” inmediatamente es validado y entendido como bueno. Así, como valor incuestionado e incuestionable en las sociedades occidentales contemporáneas, es defendido por representantes de posturas incluso adversas ideológicamente. Las diferencias, claro está, empiezan a aflorar cuando se pregunta qué se entiende por libertad y cómo debemos procurarla y defenderla en nuestra vida social. Pero como slogan, como derecho inalienable, parece haber un consenso amplio sobre la importancia fundamental de preservarla.

Pensar sobre la libertad es una tarea extensa y, evidentemente, inabarcable para las líneas de un artículo. Quisiéramos señalar dos aspectos que pueden ser puntos de partida para una reflexión sobre un tema tan relevante. El primero puede plantearse como una pregunta: ¿buscamos la libertad por sí misma o la queremos para algo? ¿Es un fin o un medio? Todos queremos ser libres, pero por qué, o más bien quizá habría que preguntar para qué. Si retrocedemos un punto en la reflexión, la afinidad con la idea de ser libres nos resulta espontánea, como lo es también espontáneo el rechazo a cualquier realidad que condicione nuestra libertad.  Esto nos da una idea de cuán íntimo a nuestra condición de seres humanos es ser libres. Pero la pregunta permanece: ¿buscamos la libertad por sí misma? ¿O es que tal vez es condición de posibilidad para realizar y obtener aquello que anhelamos y que nos proporcione plenitud de vida?

Como puede intuirse, en realidad la interrogante que subyace en todo momento es: bueno, y ¿qué es ser libre? En muchos ambientes se entiende la libertad como la capacidad de elegir. Somos libres en tanto cuanto no estamos sujetos a ningún tipo de coacción de manera que, entre las múltiples opciones que se nos presenten, podamos elegir aquella que queramos o consideremos mejor. Esta perspectiva, sin embargo, ofrece un concepto de la libertad que analizado muestra ciertas ausencias. En primer lugar, parecería que la libertad estaría limitada a aquello que se conoce como libre albedrío, esto es la capacidad de todo hombre para optar entre diversas posibilidades. Con ello se obvia toda relación con dos conceptos fundamentales para su ejercicio: la verdad y el bien. En segundo lugar, entender así la libertad, ¿no nos desliza a pensar que ser libre, en la práctica, es simplemente hacer lo que uno quiera? Bajo esa mirada, cualquier elemento externo a nuestra subjetividad que, de una u otra manera, nos diera ciertas indicaciones sobre nuestra acción, ¿no podría considerarse como un “enemigo” de nuestra libertad?

Con estas preguntas, vamos al segundo punto de nuestra reflexión. Para ello, hagamos una constatación fáctica: nos guste o no, constantemente estamos limitados por diversos aspectos de nuestra condición humana. Por más que una persona quiera volar, sin utilizar ningún artefacto añadido a sus solas fuerzas, no lo podrá hacer. Si una persona quiere volar —elige querer volar— más temprano que tarde se topará con las características de su naturaleza que le señalan un límite a su querer: por más que quieras, no puedes. Ahora bien, ¿esa limitación hace a esa persona menos libre? Bajo el primer concepto de libertad que mencionamos, parecería que sí. Pero, si consideramos lo que la realidad tiene que decirnos, más bien la figura podría invertirse. Toparnos con el límite de nuestra condición de no poder volar, nos libera de un deseo irreal que podría resultar incluso perjudicial para nuestra integridad física. Aceptar ese límite y asumirlo, ¿no nos hace —paradójicamente— más libres?

Señalamos otro aspecto que quizá no solemos pensar. Toda elección tiene una contraparte. Es decir, elegir algo, nos priva de todas las otras opciones que dejamos de lado. Por ejemplo, si una mujer elige estar con un hombre, como contraparte está optando por no estar con los otros miles de millones de hombres que hay en el mundo. En este sentido, es patente que toda opción tiene consecuencias que también, a su modo, nos limitan y nos hacen responsables. Libertad y responsabilidad, pues, no están tan lejanas como a veces suele pensarse.

El concepto de libertad se enriquece cuando considera no solamente la capacidad de elegir del sujeto sino el bien y la verdad como dos elementos que, precisamente, ayudan a la persona a saber optar por aquello que es mejor para ella. En esta ecuación los límites que buscan iluminar la realidad y orientarnos al bien, adquieren un nuevo rostro: en vez de enemigos de la libertad se presentan como sus garantes. Y los únicos beneficiarios parece ser que somos nosotros mismos.

Retomemos, para terminar, una de las preguntas iniciales: ¿para qué ser libres? Desarrollar la libertad es, finalmente, aumentar nuestra capacidad de vivir el amor. Nadie puede amar sin libertad. O, dicho de otra manera, un amor que no es libre no es amor verdadero. Esta realidad es tautológica. No hay amor a punta de pistola; el amor no se compra ni se vende. Y por ahí, tal vez, esté la aproximación más acabada que podamos pensar al tema de la libertad: esa condición de toda persona que le permite vivir el amor.

Fotografía de Zulmaury Saavedra en Unsplash

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *