Cinco ideas para reflexionar sobre la identidad

Saber quién es uno y vivir en coherencia con ello no es tarea fácil. Ya los antiguos griegos, con la famosa frase conócete a ti mismo, marcaron la importancia de esta tarea para surcar los distintos caminos que la vida nos pone por delante. Es una frase corta cuya profundidad y desafío radican, entre otras cosas, en delinear una ruta para abordar un fenómeno cercano y a la vez misterioso: nosotros mismos, nuestra identidad, quiénes somos.

Desde el sentido común, proponemos cinco ideas para profundizar en la invitación que se encontraba inscrita en el oráculo de Delfos.

Una primera realidad evidente, que puede ayudarnos a iluminar el tema planteado, nos viene del constatar que ningún ser humano se ha dado su propia existencia. Por decirlo de una manera coloquial, “venimos de fábrica” con algo dado, independiente a nuestra conciencia y decisión. Observando a una criatura en sus primeros momentos de vida es claro que su existencia no se la debe a sí misma.

Un segundo hecho cierto es que, conforme va transcurriendo la vida, aquello que nos ha sido dado se va desarrollando a través de un complejo entramado en el que intervienen nuestras decisiones, las de otros, y diversos factores de nuestro entorno. En este proceso de maduración y despliegue se va configurando nuestra personalidad y nuestra existencia va enrumbándose por caminos concretos que son fruto de ese entramado de libertades y decisiones. Todo ello, potencia y configura la identidad.

Una tercera realidad, también constatable a la luz de lo mencionado, es que en la constitución de nuestra identidad encontramos características esenciales y permanentes y otras que son pasajeras. Es decir, hay aspectos que con el paso del tiempo no cambian, aunque si pueden desarrollarse y adaptarse al momento de la vida que nos toca atravesar. Por ejemplo, pensemos en el deseo de amar y ser amado. Junto con estas, hay otras fluctuantes y accidentales, es decir, que forman parte de nosotros por momentos pero que no son determinantes para definir nuestra identidad. Están o dejan de estar sin afectar lo que somos esencialmente. En este sentido pensemos, por ejemplo, en algunas características físicas, o nuestros gustos por un tipo de comida.

En cuarto lugar, quisiéramos mencionar un tema presente en diversas culturas y épocas, que está íntimamente conectado con la identidad: el deseo en nuestra especie por una vida plena, satisfactoria, feliz. Independientemente del credo que se profese, de la concepción de la vida que se tenga, es razonable pensar que toda persona aspira a tener una buena vida. Los medios para conseguirla dependerán de cómo entienda cada uno su “ser y estar” en este mundo. Pero no debe haber nadie, en su sano juicio, que opte positivamente por tener una existencia frustrada. Este anhelo es un rostro que manifiesta quiénes somos. Querer una vida plena nos dice algo muy concreto —y profundo— acerca de quiénes somos.

Finalmente, junto con la necesidad de saber quiénes somos, existe también una necesidad ineludible de que se nos reconozca una identidad. Expresión de ello son las innumerables maneras en las que, sobre todo en la etapa de la adolescencia, buscamos ser “singulares” para ser reconocidos, diferenciados dentro del montón. Fenómenos similares se dan en la infancia, la adultez y la vejez. Puede ser útil el preguntarse: ¿por qué aspectos he buscado ser reconocido o identificado en mi vida?

Quizá el mayor desafío que se nos presenta al pensar en este tema radica en cómo vivir conectados con lo más auténtico de uno mismo. No hay respuesta simple para esta pregunta. Un primer paso puede ser voltear la mirada sobre la propia realidad y cuestionarse con los temas previamente mencionados. Buscar la armonía entre lo que uno va descubriendo de sí y lo que uno hace en cada decisión de su vida parece, a todas luces, fundamental. En último término, la coherencia entre lo que uno es y lo que uno hace es fuente de autenticidad y augurio de encaminarnos a una vida plena.

Photo by Tom Barrett on Unsplash

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