El facilismo en la educación

Reproducimos en Perspectivas.pe un reciente artículo de Alberto Royo, aparecido en el diario La Razón de España. La experiencia de Royo como profesor le ofrece una perspectiva sólida desde la cual opinar sobre un tema tan importante para el futuro de la sociedad como es la educación escolar.

“Abrimos una gran avenida de oportunidades, frente a la carrera de obstáculos que establecía la LOMCE”, manifestaba la Ministra Celaá el día en que las Cortes Generales aprobaban la LOMLOE. ¿Quién osaría criticar una manifestación tan justa, supuestamente progresista y bienintencionada? Pues miren, yo mismo, precisamente porque son este tipo de afirmaciones las clasistas, retrógadas y perversas y porque suponen un respaldo, nada más y nada menos que del Ministerio de Educación, es decir, la máxima instancia educativa del país, al enfoque de la enseñanza más infantil, populista y tontaina, ese tan extendido entre la fauna expertil y los gerifaltes de la pedagogía hegemónica (y tan difundido por los hombres y mujeres de negocios de la educación) de que el aprendizaje se ha de “facilitar” porque aprender no puede suponer, nopordios, “una carrera de obstáculos”.

Nunca he entendido los motivos por los que este tipo de planteamientos se consideran de progreso. No lo entiendo por algo que repito a menudo: el desfavorecido, más que nadie, depende de lo que aprenda en la escuela. El pobre, más que nadie, depende de su esfuerzo para ascender y tratar de salir de la pobreza, luego nadie le ayuda quitándole de enfrente esa posibilidad. Y, puesto que el aprendizaje no consiste exclusivamente en alcanzar unos saberes sino también en adquirir ciertos hábitos y desarrollar determinadas cualidades que le permitan a uno manejarse en la vida con independencia y criterio, qué mejor que la etapa escolar para entrenarse en ellos. ¿Cómo, eliminando estos obstáculos, vamos a garantizar que cualquiera, independientemente de su origen, procedencia o nivel económico o cultural podrá progresar socialmente sin encontrarse siempre en inferioridad de condiciones? ¿Acaso no nos topamos en la vida con situaciones complejas, problemas sobrevenidos y condicionantes inesperados a los que hemos de dar cara? ¿Qué, excepto respirar, puede aprenderse sin esfuerzo? El conocimiento y la cultura son conquistas intelectuales que no pueden regalarse y mucho menos venderse. Ofrecer saber es una obligación moral y lo es igualmente su aprovechamiento. Es, pues, el alumno, el que ha de hacerse merecedor de ello para cumplir con el fin de la equidad: dar a cada cual lo que merece. Ya dijo Demóstenes que quien no hace un esfuerzo para ayudarse a sí mismo, no tiene derecho a solicitar ayuda a los demás.

Lo peor de esta “filosofía” facilista es lo irrespetuosa que es. Con todos. No sólo con los menores. A estos se les trata como seres incapaces de lograr nada por sí mismos (aunque luego, paradójicamente, se dice que el conocimiento está en internet, que se aprende por descubrimiento y que el profesor no ha de enseñar sino acompañar) y necesitados de un camino por delante sin barreras intelectuales. También a los adultos se nos trata como incapacitados. Recuerden cómo los políticos, cuando la ciudadanía les recrimina una decisión disparatada o inaceptable, insinúan con cinismo que “quizás les ha faltado pedagogía”. Como si los adultos fuéramos todavía chiquillos en edad escolar, como si el problema no fueran el poco acierto o la mala fe de los gobernantes sino las pocas luces de sus gobernados. Y, claro, si el adulto es tomado por chiquillo, el chiquillo ha de ser tomado por bebé. Lean el titular de un reciente reportaje firmado en periódico nacional por un “psicólogo y doctor en Educación”: “¿Te has portado bien este año?” o cómo afecta a los niños la pregunta estrella de la Navidad. “Cómo afecta a los niños”. ¡Pero cómo les afecta! De haber leído únicamente la segunda parte del titular, pensaríamos en alguna pregunta traumática, cruel, sádica. Pero la pregunta “estrella”, esa que, según el autor del texto, es “puro adiestramiento”, era si el niño se había portado bien. Ciertamente espeluznante. Por más que me acostumbro a este tipo de loas a la inanidad, no deja de asombrarme que para este psicólogo fuera más lógico preguntar a una pareja que ha tenido un bebé “si les ha dificultado mucho la vida” que “qué tal se porta”. ¿Pero cuál es el problema de decir que un bebé llora mucho o duerme poco o come mal? ¿No resulta más injusto incidir en las, por otra parte obvias, aunque libremente escogidas, dificultades añadidas que trae consigo el nacimiento de un hijo? ¿En qué mejora el eufemismo la realidad? Para este psicólogo, defensor de los niños, tampoco los regalos pueden depender del buen comportamiento ni hay que valorar el rendimiento académico porque esto significa que “nos olvidamos de ellos” para pensar nada más que “las notas”. Madre mía, y nosotros en casa, este año, diciéndoles a nuestros hijos que los Reyes han querido premiar sus magníficas notas -hemos caído en todos los horrores del adiestramiento: asociar comportamiento a premio y notas a reconocimiento, ¡el colmo de un paidófobo! Espero que estemos aún a tiempo de redención…

La Ministra Celaá disfrutó seguro de las reflexiones del insigne psicólogo porque, como él, es de esa gente que piensa que el niño no se porta mal sino que “manifiesta sus necesidades”. Y decirle “no”, aunque esté a punto de electrocutarse metiendo el chupete en el enchufe o de caerse del quinto piso emulando a Spiderman, es de gente desalmada que solamente busca hacer sufrir a los infantes, y cualquier cosa que no sea satisfacer esas necesidades es una inadmisible muestra de insensibilidad. Por eso nos pide a los profesores que hagamos la vida más cómoda a nuestros alumnos, que no les molestemos mucho para que su paso por la escolarización sea tan dichoso como cuando fueron a Portaventura, olvidando que nuestra obligación es hacer lo contrario: incomodarlos, plantearles desafíos intelectuales adecuados a su capacidad y características, ponerlos en aprietos y ayudarles a superar las dificultades, haciéndoles ver que solamente aquello que cuesta esfuerzo, vale realmente la pena, aguijoneando su curiosidad. Sin exigencia, no hay aprendizaje. Sin exigencia, no puede haber un diagnóstico atinado y no es posible detectar las dificultades de un alumno, paso previo indispensable para la búsqueda de las herramientas que puedan compensar esas dificultades. Pero sin exigencia, tampoco puede haber motivación, porque esta viene impulsada por el conocimiento e intensificada por la cualidad más poderosa de que disponemos: la voluntad.

Un sistema flácido, endeble, que renuncia a la exigencia y a la ambición y las sustituye por condescendientes y conformistas palmaditas en la espalda, que olvida la forja del carácter como parte esencial de la formación de las personas y que rechaza fomentar el coraje intelectual como estímulo para todos, los más capaces y los menos, porque todos ellos merecen tener la oportunidad de convertirse en ciudadanos en toda la extensión de la palabra, libres, críticos, cultos y autosuficientes, un sistema así, no podrá construir, como Celaá presume, “avenidas de oportunidades” sino autopistas con peaje por las que transitarán los que sí puedan disfrutar de la exigencia que promueve el progreso; mientras, los que no, tendrán que contentarse con ver “satisfechas sus necesidades” y se les convencerá de que se han eliminado los obstáculos por su propio bien, y que las callejuelas empedradas por las que pasean son las “grandes avenidas de oportunidades” que la Ministra prometía, pero que no serán otra cosa que oportunidades para no moverse de la casilla de salida, cómodos en la absoluta mediocridad.

Alberto Royo es musicólogo y profesor de colegio. Es autor de los libros: “Contra la nueva educación” (2016), “La sociedad gaseosa” (2017) y “Cuaderno de un profesor” (2019), todos ellos publicados por Plataforma Editorial. La entrevista original se encuentra aquí.

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